Autor: Javier Pérez

Autor: Javier Pérez

Mi nombre es Javier, soy un onubense de 38 años que aunque en mi carta de presentación figuren los estudios de Filología inglesa y Comunicación Audiovisual, de lo que más orgulloso puedo sentirme es de mi currículum viajero y de la cantidad de experiencias que el viajar me ha proporcionado a lo largo de mi vida.

Esto fue lo que me llevó a fundar Viajando Diferente, una agencia de viajes alternativos en la que no serás un turista, serás un viajero.

La catedral española hecha de chatarra

Ya hacía tiempo que me venía rondando la mente la idea de indagar un poco sobre una catedral construida a base de chatarra y materiales reciclados que conocí a raíz de la campaña publicitaria de una bebida isotónica hacía algunos años y que me llamó tremendamente la atención.

Desconocía si esa faraónica obra había conseguido terminarse finalmente y si el entrañable abuelete artífice de aquel singular proyecto que nos presentaron en aquel spot seguiría con vida.

No tardé en ponerme a buscar información en internet acerca del llamativo templo y de su longevo creador siempre con el miedo de que no quedase rastro alguno de una historia que, aunque en su día, allá por el año 2004, supuso un boom mediático, bien podría haber caído en el olvido en una sociedad en la que por desgracia el ritmo lo marcan lo efímero, la fuerza de las modas y la fugacidad debido a una despiadada y exigente búsqueda continua de actualidad y de nuevos temas de interés general. Sorprendentemente, la red estaba plagada de alusiones, documentales y artículos sobre el autor y su controvertida obra.

Aprovechando una escapada de fin de semana a Guadalajara no dudé un segundo en desviarme a la pequeña localidad madrileña de Mejorada del Campo, que según documentaban los textos que había leído era el lugar que vio nacer al emprendedor anciano y donde en mitad de su casco urbano se erigía su mastodóntica catedral.

Con la expectación y el cosquilleo del que se siente a escasos minutos de ponerle rostro a lo que hasta el momento era para mí una ilusión, accedí al pueblo con la intención de encontrar a algún vecino que discretamente me indicara como llegar al peculiar templo sin que me tachara de bicho raro, curioso, o morboso empedernido. Probablemente, a este cliché de turistas como yo, se nos veía venir desde el momento en que hacíamos el ademán de bajar la ventanilla para formular la primera y delatadora pregunta. Afortunadamente no tuve que dirigirme a nadie puesto que una inacabada cúpula de unos 60 metros de alto destacaba sobre el resto de edificios de la localidad, cosa que me evitó el incómodo momento.

Una vez aparqué mi coche en las proximidades me dirigí estupefacto hacia las escalinatas que conducían a la fachada principal del edificio. Fue un momento muy placentero, y de gran satisfacción por el deseo culminado, aunque a su vez contrastaba con la sensación de haber estado ya allí antes. Todo me resultaba demasiado familiar. Imagino que las horas de lectura y minutos de visualización sobre este singular referente arquitectónico habrían contribuido a tener esa percepción.

Subido en un andamio con una llana entre sus manos con la que trataba de alisar la capa de cemento de un tabique y un pincel apretado entre sus dientes, pude adivinar la silueta Don Justo Gallego, el cerebro de todo. El anciano de aparente fragilidad y complexión delgada iba envuelto en un mono de trabajo azul añil y con una especie de kipá roja del estilo de las que llevan los judíos sobre su cabeza. Pocas palabras necesité escucharle para descartar el adjetivo frágil de su lista de cualidades. La energía y la luz que desprendía aquel señor distaban mucho de los 94 años de edad que le otorgaba su carnet de identidad. Hasta el momento sólo le había escuchado pronunciar la frase “¿Qué te trae por estos lares, joven?”, pero tras el tono entusiasta de mi respuesta algo le diría que probablemente me haría más feliz bajándose de ese andamiaje low cost y dedicándome unos minutos cara a cara.

Ese rato a solas conmigo lo guardaré siempre con muchísimo cariño y me sirvió para reafirmarme en la idea de que cuando las cosas se hacen con fe y convicción en ellas todos podemos llegar a ser capaces de mover montañas.

La vida de Justo no ha sido nada fácil. Azotado por la tuberculosis fue expulsado del convento en que había decidido entregar su vida a la religión como monje jesuita. Tras ocho luchando con la enfermedad y tratando de encajar el duro golpe que la vida le había preparado, volcó toda su energía en la meditación y en mantenerse aislado del mundo que le rodeaba. Allá por el año 1961 aprovechando unos terrenos que habían heredado y la escasa fortuna que había logrado amasar a lo largo de sus días, comenzó él solo con un proyecto que al día de hoy lo ha acaparado en cuerpo y alma durante los último 58 años de su vida. Sin conocimientos de arquitectura ni estudios de ningún tipo, pues como él mismo recalca en cada conversación: “Yo soy sólo un labrador”, ha conseguido levantar con sus propias manos una catedral que ha llamado la atención de propios y extraños en las últimas décadas.

Si bien hay que reconocer que su salida del anonimato se lo debe en gran parte a su aparición en la campaña publicitaria de la bebida para deportistas “Aquarius” hace ahora quince años, en su verdadero lanzamiento a ese otro “estrellato indie” o “alternativo” tienen mucho que ver la exposición fotográfica sobra su vida y obra que estuvo expuesta en el MOMA de Nueva York o algunos artículos en revistas de calado mundial que han sacado a la luz su caso pero que, al bueno de Justo, ni le quitan el sueño ni le han servido más que para reforzar su idea de que hay que mantener los pies sobre la tierra a pesar del ruido externo que todo esto haya podido ocasionar.

Tachado de loco por muchos, y de santo por otros tantos, Justo ha ido almacenando todo tipo de materiales reciclables para dar forma a cada rinconcito de su inusitado templo. Botes de conservas, ruedas de bicicleta, botellas, sillas rotas de colegio, o chatarra fundida son algunos de los objetos que emplea para dar forma a los balaustres, escaleras, pórticos, o vidrieras que decoran su catedral.

“La Catedral de la Basura” como muchos la conocen, se ha ido levantando a base de materiales de segunda mano, de donaciones, de ayudas altruistas de gente que, como Ángel, su fiel amigo y ayudante invierten todo su tiempo libre desde hace 20 años en contribuir a que la obra avance gracias a sus humildes nociones de albañilería.  Por ella pasan a diario decenas de visitantes de todos los países y continentes, así como periodistas a la caza de la exclusiva atraídos por lo que ya es un secreto a voces dentro de la cultura underground.

La gran incógnita sobre el devenir de la cuestionada iglesia perdurará hasta el día que Justo falte. Al carecer de cualquier tipo de licencia de obras, planos, permisos o del informe de un arquitecto que abale el proyecto, el arzobispado o el gobierno local se negarían a asumir la finalización de la obra y a utilizar el edificio para dar culto como ha sido siempre la voluntad de Justo Gallego.

Mientras tanto tenemos que quedarnos con el mensaje ilusionante que el artífice de todo promueve a los cuatro vientos de que, con el tesón, la fe, la fuerza de voluntad y el trabajo todo sueño se puede llegar a conseguir sin importar el qué dirán.

Cuánta falta le hacen al mundo más locos como usted, Justo. ¡Muchas gracias por aquella mañana!

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